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viernes, 2 de enero de 2015

Breve historia del cunnilingus

Resulta curioso que la etimología de la palabra «coño» proceda del latín cunnus, que comparte la misma raíz que la palabra que nos ocupa, mucho más culta y cuya traducción es palmaria: lengua en el coño. Pero no nos pongamos groseros, el cunnilingus no ha encontrado su lugar en el Olimpo de los placeres carnales hasta la liberación sexual de la mujer, en pleno siglo XX.



Hace miles de años, los prohomínidos se acercaban a las hembras cuando estaban bebiendo en el río y las tomaban por detrás, en breves escaramuzas comparables a los tristes y rápidos culetazos que vemos protagonizar a Michael Douglas en la gran pantalla cuando practica sexo con sus sufridas compañeras de reparto. ¿Exigencias del guion? Mal ejemplo para las nuevas generaciones, en cualquier caso.

Como tantos otros avances sociales, fue durante el Imperio Romano cuando tenemos constancia de la práctica del cunnilingus, especialmente en Pompeya y Herculano. En su libro Roman Sex: 100 BC – AD 250, John Clarke ofrece abundantes ejemplos, basados en grabados, mosaicos y algunos textos que han llegado a nosotros. Las orgías saturnales se llevaban la palma, pero la libación se producía siempre de mujer a mujer.

En la estupenda película Calígula (Tinto Brass, 1984) hay numerosas escenas de gran voltaje erótico, incluso pornográfico para los estándares de la época, donde en más de una ocasión, dos mujeres están gozando oralmente de sus respectivos sexos.

En cambio, los griegos, que eran una sociedad muy falocrática, no han dejado constancia de esta práctica, si bien es cierto que son menos los textos íntegros que nos han llegado desde aquellas épocas remotas, cargadas de testosterona, conquistas y guerras, en las que se violaba a las mujeres, pero nadie les comía el coño (tampoco ahora sucede).

La práctica del cunnilingus en la Edad Media se hallaba circunscrita a los conventos. Las novicias, con frecuencia apartadas del mundanal ruido por algún desliz relacionado con su honra, se entregaban así al único consuelo carnal posible que les deparaba su vida intramuros.



Si miramos a nuestros parientes más cercanos, los bonobos, el profesor Christopher Lynn, que trabaja en el zoo de Nashville, describe sorprendentes comportamientos sexuales en estos monos, que incluyen frecuentes relaciones homosexuales, y trató de ver si el cunnilingus en simios tiene una historia evolutiva. Gordon Gallup también se ha ocupado de estos asuntos y sostiene que los bonobos que practican el cunnilingus no lo repiten con la misma hembra, y que experimentan un rechazo al sabor y el olor. Que es precisamente lo que resulta excitante a los machos humanos aficionados a esta práctica, aunque también depende de la hembra (mujer). Y es que hay olores que fascinan a unos individuos pero repelen a otros. Como todo en la vida, si se pone uno a pensarlo.

Se asocia esa generosidad en proporcionar placer a un cierto grado de inteligencia y empatía con el prójimo (con la prójima, cabría decir), por lo que los delfines, orcas y otros mamíferos marinos de gran tamaño podrían estar entre los candidatos, pero dadas sus dimensiones y morfología parece poco probable que los cetáceos se entreguen a esta práctica en las profundidades marinas. El modus operandi en este caso es aún un misterio que nadie ha logrado filmar.

El mito de la damisela solitaria que se alivia con los lametones de su perrito parece responder más a la calenturienta imaginación de algunos autores que a una realidad cuantificable. Naturalmente, estos comportamientos no se confiesan en las encuestas y no es fácil constatar su existencia. Además, los perritos no hablan y los gatos están descartados, por la aspereza de su lengua.

Volviendo a Michael Douglas, los amantes de esta saludable práctica le guardamos cierto rencor, pues no hace mucho relacionó su cáncer de garganta con tan noble actividad, ante el silencio y estupor de su mujer Catherine Zeta-Jones.

El cunnilingus entre insectos no ha sido descrito aún, pero nunca se sabe…

Y, como colofón, una tipografía erótica diseñada por Joseph Apoux y publicada 1880.