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jueves, 27 de septiembre de 2012

Stanislav Petrov. El hombre que salvó el mundo

Eran las doce y quince minutos del viernes 26 de septiembre de 1983 cuando de repente la pantalla del teniente coronel ruso Stanislav Petrov en la base de Serpujov-15 se iluminó en rojo indicando que un misil intercontinental había sido lanzado desde su base en Estados Unidos. Pocos segundos después eran varios los misiles que se dirigían hacia la Unión Soviética, según los datos suministrados por el satélite ruso a este Punto Central de Mando de los Sistemas de Detección de Ataques con Misiles situado a un centenar de kilómetros al sur de Moscú. En cuarenta minutos impactarían en la URSS.

«Estaba preparado para una situación así, porque me habían designado para ese puesto por ser un profesional. Sin embargo, en aquellos momentos no podía evitar una sensación de perplejidad ante lo que veía», relató después Petrov.


En un primer momento sospechó que se trataba de una falsa alarma, debida a algún error informático. Si Estados Unidos hubiera decidido atacar, no lo hubiera hecho con un solo misil, pensó el teniente coronel ruso. Además, la fiabilidad del sistema de satélite utilizado entonces había sido cuestionado. Pero las alarmas que siguieron advirtiendo de nuevos misiles resultaron ensordecedoras. «Cinco o seis segundos después de que sonara la alarma, miré hacia abajo -mi despacho estaba en el piso superior del puesto de mando- y vi a la gente que salía de sus sitios de trabajo y se quedaban mirándome, esperando mis órdenes. Teníamos que ponernos a trabajar, así que les dije que volviesen a sus tableros de control, pero por el momento no tomamos ninguna decisión».

Durante aquellos angustiosos momentos el destino de la Humanidad pendió de este ingeniero informático que decidió guiarse por su instinto y no informar al secretario general del PCUS Yuri Andropov, al ministro de Defensa y al jefe del Estado Mayor ruso. Su informe hubiera iniciado inmediatamente el mecanismo de respuesta.

Petrov desobedeció las órdenes y esperó. Pasaron los minutos y todo siguió tranquilo. Ningún misil cayó en territorio soviético. Con su sangre fría había evitado un ataque nuclear contra los Estados Unidos que habría desencadenado la peor pesadilla de la Guerra Fría.

Era un héroe, quizá el mayor en la historia de la humanidad, pero él personalmente lo perdió todo con aquella decisión. «Los jefes que llegaron de inmediato al puesto de mando empezaron a preguntarme por qué no había escrito todo en mi diario de combate. Pero ¿cómo podía escribir si tenía en una mano el teléfono para hablar con los jefes y en la otra el micrófono para dar las órdenes a mis subordinados?», explicó. Petrov fue expulsado del Ejército soviético como castigo y sufrió una crisis nerviosa que le obligó a recibir atención psiquiátrica. «En nuestro país, en la URSS, a los jefes no les gustaba que sus subordinados fueran más listos que ellos», afirmó hace unos años.

La decisión de Petrov se mantuvo en secreto en la URSS hasta que su historia salió a la luz en 1993. El exmilitar vive actualmente en el pueblo ruso de Friasino como un pensionista marcado para siempre por la enfermedad. Aquel 26 de septiembre arruinó su carrera y su salud con una decisión que salvó al mundo del holocausto nuclear. Tuvo que esperar a 2004 para recibir el premio «World Citizen Award». La ONU le homenajeó dos años después.


En el documental «El botón rojo y el hombre que salvó el mundo» (2008) Petrov afirma: «Todo lo que pasó no me concernía - era mi trabajo. Estaba simplemente haciendo mi trabajo y fui la persona correcta en el momento apropiado, eso es todo. Mi última esposa estuvo diez años sin saber nada del asunto. '¿Pero qué hiciste?', me preguntó. 'No hice nada'»