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lunes, 4 de marzo de 2013

Los últimos años de la Edad Dorada de la Piratería

La piratería en sus diversas formas es un fenómeno antiguo, por supuesto: los grandes imperios de la Antigüedad, como los egipcios, griegos, romanos y chinos, la sufrieron de manos de pequeñas tribus entregadas al bandidaje marítimo. Incluso pueblos tan conocidos como el fenicio se dedicaron alegremente a la piratería cuando el comercio escaseaba o cuando la oportunidad era lo bastante buena.

En aquella época casi ningún pueblo tenía conocimientos de navegación y tecnológicos suficientes para largas travesías marítimas: casi todos los barcos se dedicaban a costear (navegar sin alejarse mucho de la costa) o, como mucho, a cruzar el mar Mediterráneo (que siempre ha tenido unas aguas bastante tranquilas). Aunque obviamente no dejaba de ser un problema, no era un fenómeno tan extendido como llegó a ser siglos más tarde: era más habitual que los piratas se dedicaran a asaltar pueblos costeros poco protegidos que a abordar barcos.

El Caribe, capital mundial de la piratería

A finales del siglo XVII el entorno había cambiado bastante. La colonización de América por parte de Europa supuso la apertura de un buen puñado de rutas marítimas y un constante ir y venir de riquezas y personas. A eso hay que sumarle el descubrimiento de numerosos lugares que luego nunca llegaban a poblarse, por lo que eran prácticamente tierras sin ley en las que los criminales podían esconderse... y la existencia de miles de buscadores de fortuna, muertos de hambre, ex-soldados con entrenamiento naval y militar y fugados de la justicia que no tenían nada que perder.

El Caribe español se convirtió en el centro de la piratería mundial. Era el lugar perfecto para ello: en el medio de casi todas las rutas de comercio españolas, inglesas, holandesas y portuguesas, en una zona llena de pequeñas islas que no estaban cartografiadas (por lo que había lugares para esconderse) y de difícil navegación (por lo que era difícil para una flotilla perseguir una sola nave lo bastante rápida).


Mientras tanto, en Europa...

¿Y qué estaba pasando en 1715 en el mundo? Casi nada: acababa de terminar la Guerra de Sucesión española, un conflicto que enfrentó a toda Europa tras la muerte sin hijos de Carlos II de España (al que llamaban “el Hechizado” por no llamarlo “el Idiota”). Básicamente, Francia quería colocar a un Borbón en el trono de España y Alemania, Inglaterra dijo que de eso nada, que bastante tenían con los borbones franceses; el resto de países eligieron bando y todos empezaron a zurrarse. En 1715 se terminaron las negociaciones del Tratado de Utrecht, un tratado de paz entre todos los países en guerra por el que, entre otras cosas, en España hoy reina un Borbón y no un Habsburgo, y ahora en Gibraltar se habla inglés con acento británico además de español con acento de Cádiz.

Que en Europa las cosas estuvieran calentitas hizo que, por un lado, la guerra se trasladara al mar en forma de ataques corsarios (que luego explicaremos lo que son), y por otro que cada vez más gente se viera empujada a la miseria y acabara por dedicarse a actividades ilegales como la piratería. Como los piratas luego venían con oro y se lo gastaban en las ciudades, muchos gobernadores, acosados por impuestos, legislaciones cada vez más restrictivas sobre la navegación y hambrunas, hicieron la vista gorda hasta que los gobiernos europeos se decidieron a enfrentarse en serio al asunto.

Así pues, la zona en 1715 era un hervidero de colonias, pequeñas ciudades-estado e islas cuyos gobernadores debían nominalmente lealtad a los reyes europeos, pero que poco a poco iban encontrando cada vez más pesada la carga que estos suponían: la guerra en Europa les tenía al borde de la ruina y la mayor parte de los recursos que podían obtener debían enviarse al otro lado del Atlántico. Añade en el cóctel a un montón de marineros con entrenamiento de uno u otro ejército que cuando terminaban su carrera militar no sabían qué hacer con sus vidas y tendremos un clima social perfecto para que los mares se llenen de barcos piratas.
La piratería llegó a su fin (o al menos se convirtió en un fenómeno residual) en 1730. Las naciones europeas se tomaron en serio proteger sus barcos mercantes y acostumbraron a armarlos bien y acompañaros de una o dos fragatas de guerra. Los piratas legendarios fueron poco a poco o bien muriendo o bien "reformándose", a veces incluso "comprados" por los gobiernos para convertirse o bien en corsarios o incluso en gobernadores y cazadores de otros piratas. El tiempo se encargó del resto: en apenas unas décadas se calcula que se pasó de unos 2.000 piratas en el Caribe español a poco más de 300.

¿Y cómo eran los piratas exactamente?

Como suele pasar, la realidad histórica es bastante diferente de lo que la literatura y el cine nos ha hecho llegar. La imagen cultural del pirata es una especie de asesino sediento de sangre al que casi le gusta más la violencia que el dinero. La realidad es bastante diferente: aunque es obvio que no asaltaban los barcos a base de buenas palabras, en la mayor parte de los casos el objetivo era únicamente obtener riquezas, y si era posible sin combatir (¿para qué arriesgarse a resultar herido?).

Por poner un ejemplo: el famoso pirata Barbanegra nos ha llegado como un auténtico monstruo... y según los registros históricos nunca hizo daño a ningún prisionero, utilizaba más la astucia que la fuerza y gorbernaba su flota con el consentimiento de sus marineros.. Él mismo fue el origen de su mito: a la hora de abordar un barco se colocaba largos cabos de cuerda ardiendo en el sombrero y colgando de la ropa para asustar a sus enemigos y hacerles creer que era una especie de demonio. Como contraejemplo tenemos al sanguinario Henry Morgan... que acabó siendo nombrado caballero del Imperio Británico y gobernador de Jamaica.

Pintura de Jean Leon Gerome Ferris que interpreta la contienda entre Barbanegra y el teniente Robert Maynard.

La piratería era un fenómeno muy complejo; en la época podían encontrarse desde bandidos desharrapados hasta auténticos caballeros, pasando por tripulaciones sin trabajo, desertores de guerra y fugados de la justicia. Pero, más allá de la historia de cada marinero, sí que había varios tipos de piratas: los filibusteros, los corsarios y los bucaneros. Todos ejercían la piratería... pero no todos lo hacían igual ni en las mismas condiciones, y desde luego no tenían el mismo estatus.

Los filibusteros eran lo que hoy día entendemos por un pirata puro y duro: aquellos que formaban parte de una tripulación pirata independiente, que no reconocía la autoridad de ningún gobierno ni rey. Como hemos contado antes, las tripulaciones filibusteras, impulsadas tanto por el hambre como por la codicia de obtener los tesoros del oro y la plata españoles, fueron un verdadero problema en el Caribe durante mucho tiempo.

Los corsarios, por contra, eran piratas “oficiales”: tripulaciones autorizadas por un determinado gobierno para asaltar barcos de las naciones enemigas. El documento por el que se autorizaba a unos navegantes a esta forma de piratería institucionalizada se llamaba “patente de corso”; de ahí el nombre “corsario”. Por supuesto, esto no dejaba de ser una cuestión de punto de vista: el corsario Francis Drake era un héroe para los ingleses... y un sanguinario ladrón sin escrúpulos para los españoles.

Los bucaneros, con patente de corso o sin ella, no se dedicaban al bandidaje marítimo aunque hacían también del mar su territorio: lo suyo era asaltar pueblos costeros o puertos de comercio poco defendidos. Organizaban acciones muy rápidas para evitar que las guarniciones o flotillas de guerra cercanas pudieran reaccionar: llegaban, agarraban con lo que podían y huían a toda prisa.
Bucanero.j


Mitos acerca de la piratería

Como decíamos antes, la piratería no es exactamente como nos la cuentan novelas como La isla del tesoro o películas como Piratas del Caribe, y no todos los piratas eran bandidos sanguinarios... Por no decir que, en realidad, los sádicos eran minoría. La mayor parte de asaltos piratas se producían sin demasiada violencia: los barcos comerciales no contaban con defensas muy fuertes, y ni a los atacantes ni a los atacados les interesaba arriesgarse a hundir la nave y perderlo todo.

También hay que pensar que cuanta menos violencia se utilizara menos posibilidades había de atraer la atención de uno u otro ejército y acabar perseguido por las flotas de todo el Caribe. Como hemos contado de Barbanegra,los piratas confiaban en el miedo como herramienta para asaltar barcos sin pegar un solo tiro: alzaban su bandera negra, alcanzaban a los barcos mercantes (grandes y muy pesados, por lo que normalmente no podían huir) y, armados hasta los dientes, vestidos de formas muy extravagantes o semidesnudos, asustaban a los comerciantes para negociar una rendición y entrega de parte del cargamento de forma pacífica.

La bandera pirata es otro de los mitos que ha llegado hasta nuestros días: el conocido símbolo con dos tibias en cruz y una calavera fue, en realidad, muy poco usado en la época. Lo más normal era sencillamente usar un trapo negro; algunas tripulaciones elaboraron más sus banderas precisamente para asustar. Por eso mismo los diseños de las Jolly Roger (nombre genérico de las banderas pirata) mostraban símbolos relacionados con la Muerte: esqueletos, demonios, relojes de arena...

Así pues, la bandera que hoy conocemos es sólo uno más de las muchas banderas del momento. Y, por supuesto, sólo alzaban la bandera para iniciar un abordaje: ¡ningún pirata era tan estúpido como para irse “anunciando” como tal! Una táctica habitual eran los ataques de falsa bandera: al avistar un barco mercante la tripulación alzaba la bandera del país de dicho barco para que éste le permitiera acercarse sin intentar huir... Y a la distancia adecuada se alzaba la Jolly Roger y empezaba el abordaje.



Otro mito más acerca de la piratería es que las tripulaciones vivían en pésimas condiciones, estaban gobernadas de forma tiránica y cruel y vivían un motín violento tras otro. En realidad, eso describe mejor (salvo por los motines) la vida de los barcos militares de la época, en los que la disciplina era terriblemente estricta, los castigos por casi cualquier cosa eran muy severos, los marineros pasaban hambre y sed por sistema y las enfermedades como el escorbuto campaban a sus anchas. Las tripulaciones pirata eran bastante más democráticas, y como vivían del saqueo y no de un sueldo y podían tomar tierra en algún puerto seguro cuando quisieran probablemente tenían mejores condiciones que un barco de guerra.


Fuente. La historia del mundo contada para escépticos (Juan Eslava Galan) http://www.vadejuegos.com, Las naves mancas (Carlos Canales)