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domingo, 20 de octubre de 2013

El hermano de Isabel la Católica, no murió de peste sino envenenado.

Al rey Alfonso, el hermano de Isabel la Católica, le envenenaron y no murió de peste como siempre se había defendido. Así lo acreditan los análisis practicados sobre sus restos. La ciencia acaba de demostrar que lo que tantas veces ha sido sugerido por varias fuentes históricas y por la ficción literaria no es un mero ejercicio de fabulación sino una realidad.

Las conclusiones acaban de aparecer en la revista de genealogía, nobleza y armas Hidalguía, en un artículo firmado por el profesor de Antropología Física de la Universidad de León, Luis Caro Dobón, y la historiadora y profesora de la Uned María Dolores Carmen Morales Muñiz.

Los análisis realizados descartan la presencia en los restos del rey infante de Yersina pestis, el bacilo de la peste, según ha quedado demostrado en los resultados presentados por los expertos de los tres laboratorios implicados en la investigación (Léon, Madrid y País Vasco). El bacilo no aparece. «En el Laboratorio del Instituto Nacional de Toxicología de Madrid, su investigador responsable, el doctor Antonio Alonso, realizó los análisis de la peste tanto en Alfonso XII como en Juan II, y los resultados en la búsqueda de anígenos que confirmaran la peste fueron negativos: no hay rastro de Yersina pestis».

Alfonso murió el 5 de julio de 1468, casi un siglo después de la gran epidemia iniciada en 1347, y aunque la época del año era propicia a un rebrote, esta aparición no era ni mucho menos anual sino más bien esporádica y de mucha menos intensidad. «Su fallecimiento se produce en un emplazamiento temporal, un campamento, no es una población permanente que es donde podría haber madrigueras de la rata negra que transportaban a la pulga infectada con el bacilo», destacan los autores de la investigación.

Imagen de la escultura de Alfonso en la Cartuja de Miraflores.

El asesino

Entonces ¿fue envenenado el rey Alfonso? Los autores de la investigación no tienen ninguna duda. «La respuesta es sí, e incluso hemos señalado al asesino: Juan Pacheco que, por cierto, según Palencia (el cronista de la época y presente en el escenario del ‘crimen’) comió con gran ‘aparato’ mientras el resto de los que rodeaban al rey se quedaron desolados». Y es que, se preguntan ¿de existir la peste en aquel lugar ¿iba a permanecer el maestre de Santiago tan tranquilo en un lugar tan inseguro?

La conclusión del trabajo demuestra que el mecanismo de contagio de la peste bubónica en una sola persona, sin existencia de otros afectados en el entorno del rey Alfonso, en un campamento reciente, donde no debían existir madrigueras de rata negra invalidan la opción de que muriera de peste.

La otra opción es el veneno y dado que no hubo vómitos ni diarreas o, al menos no se describe en las fuentes documentales, los investigadores consideran que la única opción que queda es la de algún otro germen bacteriano o algún veneno de tipo vegetal. «Y dado que estamos en una época del año, julio, en que la floración está en su apogeo, es posible que así fuese. No hay que olvidar que los hombres medievales conocían muy bien los efectos de las ‘hierbas’ y a Alfonso se las quisieron suministrar en dos ocasiones», explican. La primera vez la artífice fue la reina Juana cuando el infante se trasladó a la Corte y la segunda fue una amenaza cuando ya era rey.

Y es que no hay que olvidar que la muerte del rey Alfonso fue muy oportuna. En el momento de producirse habían fracasado todos los intentos de negociación entre enriqueños y alfonsinos. «El hacedor de reyes, Juan Pacheco, había conseguido la titularidad del Maestrazgo de Santiago y no le interesaba que Alfonso —que ya era rey— pudiera ser relegado a su condición de príncipe heredero porque el Maestrazgo volvería a su administración... Siguiendo la crónica de Palencia, la noche en que murió Alfonso, éste tomó su plato favorito: trucha pero, nada más probar bocado, le inundó un profundo sopor del que jamás se despertaría. Los síntomas fueron los siguientes: pérdida del habla o la conciencia e insensibilidad al dolor.

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