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martes, 2 de abril de 2013

Desmontando a Jack el Destripador

Un lecho en un hostal de mala muerte salía por tres peniques la noche. Dos y medio te daban por cada caja de 144 cerillas completada. Algo menos por despellejar conejos. Son las cifras que manejaba el barrio de Whitechapel del inmundo East End londinense el 3 de abril de 1888. Ese día murió allí la primera víctima de Jack el Destripador, el asesino en serie más escurridizo de Reino Unido.


Las míseras cifras de Whitechapel siguen: dos de cada 10 críos morían al poco de nacer, la tuberculosis campaba a sus anchas y la basura infectaba los callejones embarrados. Así penaban un millón de almas, atrapadas en la pobreza, la criminalidad, el acoholismo (emborracharse salía muy barato: un whisky, un penique) y la prostitución. Las meretrices contaban con hasta una iglesia en su honor, la de Saint Botolph, donde desfilaban para hacer negocio.

Hoy, el East End se ha convertido en epicentro cool de modernos y modernas en busca de galerías de arte (las principales: las de Whitechapely White Cube), hoteles posmodernos, tiendas de cómics, pubs alternativos y mucho graffiti. No falta ni uno de Jack, con chapa, chistera y spray en la mano. Está en Parliament Court. La zona también es famosa por sus mercados callejeros de aire vintage como los de Spitafields, Brick Lane, Sunday Up Market o Petticoat Lane, sin olvidar el de las flores de Columbia Road.

El graffiti de Parliament Court.

Volvamos al 3 de abril de 1888, cuando apareció, en la calle Osborn, el cadáver sin orejas de la prostituta Emma Elizabeth Smith, el primero de los Asesinatos de Whitechapel. Sin embargo, no pertenece al grupo de las cinco víctimas canónicas (u oficiales: el corte en la garganta, la mutilación, la extracción de órganos y la desfiguración facial eran igualitos) atribuidas a Jack, sino a las otras seis cuya autoría aún se cuestiona. Pero la opción ante la duda ha sido siempre meterlas en el mismo saco hasta el punto de celebrar a lo grande su aniversario. Eso sí, las feministas ya se han mostrado en contra de tamaño pavoneo de violencia machista.

Lo que está claro es que las 11 desafortunadas seguían un patrón: meretriz borracha pobre busca cliente en las noches adoquinadas del East End. Y ahí aparecía Jack el Destripador. Así pasó con Mary Ann Nichols (Polly, 43 años), la primera canónica encontrada en el sombrío callejón de Buck's Row (ahora Durward Street). Llevaba el sombrero nuevo con el que se había contoneado en el pub Frying Pan. Había casi 50 en apenas dos kilómetros...

La segunda elegida fue Annie Chapman, cuyo cuerpo se halló en la actual Old Brewery Truman.


El 30 de septiembre de 1888 se despachó a dos: Elizabeth Strice (Liz, la larga, 44 años) yCatherine Eddowes (46). Horas después, la Agencia de Noticias Central recibe una carta firmada en rojo por un tal Jack el destripador atribuyéndose las muertes. No fue la única señal. Junto al cuerpo de Eddowes, en Mitre Square, apareció la pintada racista «A los judíos nunca se les culpará de nada». Y es que Whitechapel era un hervidero multicultural en el que se hacinaban descendientes de hugonotes franceses, judíos, asiáticos e irlandeses. Hoy, la comunidad bengalí puebla las calles

9 de noviembre de 1888. La quinta (y última) canónica fue la irlandesa Mary Jane Kelly (25 años), quien, como todas, había buscado clientes en los pubs del East End la noche en la que acabó abierta en canal. Uno de los más frecuentados (también por Jack o quién fuese...) era The ten bells, plantado en el mismo sitio desde 1752: en el 84 de Commercial Street. En la misma calle, otro local inevitable en la ruta ripperiana (por Jack the Ripper en inglés) es el Princess Alice. Uno más: Still & Star Pub, en el 1 de Little Somerset.

Hay más de un centenar de teorías sobre quién fue Jack: cirujano, peluquero, alumno de medicina, carnicero, marinero... O alguna mujer celosa. Y estéril, ya que a varias víctimas se las extirpó el útero sin abusar sexualmente de ellas. El propio Arthur Conan Doyle (el de Sherlock Holmes), coetáneo de Jack, lo insinuó. Hasta se sospechó del príncipe Alberto Víctor, nieto de la reina Victoria, quien pidió (en vano) a la Policía que atrapara al criminal de una vez.

 
La prensa, mientras, no hacía más que burlarse de los agentes. Pero nada de nada. Tampoco funcionó que un reportero se disfrazara de mujer para atraer al destripador. Éste actuó por última vez en 1891. Y hasta ahí puede leer.